Ayotzinapa no es una masacre más que quedó archivada y que no se agregó impunemente a la macabra estadística mesoamericana de homicidios. La muerte de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa dio a conocer al mundo, o mejor dicho, fue el reflejo del problema que más azota el cotidiano del subcontinente latinoamericano: la violencia.

Foto: portada del libro “Crónicas Negras desde una Region que no Cuenta” del Faro (Prisa Ediciones, Madrid, 2013)

Hay una tendencia a diferenciar México de América Central, o vice-versa, lo que no puede ser muy pertinente. Pese a que México no haya vivido guerras internas devastadoras como en América Central, retazos de autoritarismo se hacen evidentes en la práctica del poder político, una “dictablanda” según Enrique Krauze o una “dictadura perfecta” como la calificó el escritor peruano Mario Vargas Llosa en 1990.  Todos estos países poseen instituciones corruptas que están ligadas, directamente o indirectamente, a poderes paralelos. La violencia en la región mesoamericana es el efecto de imbricaciones de intereses, de configuraciones y prácticas sociales que se interconectan. Este breve trabajo no quiere instrumentalizar el evento de Ayotzinapa u otras masacres para crearse un nombre, como varios intelectuales y estudiantes con pocos escrúpulos pretenden hacerlo hoy en día.

Centroamericanos en México y mexicanos en Centroamérica

Los vecinos de Ciudad Hidalgo, ciudad mexicana fronteriza con Guatemala, cuentan como por los albures de 2006 algunos mareros centroamericanos fueron erradicados en poco tiempo. Estos mareros eran fugitivos de las políticas de “Mano Dura” que los gobiernos salvadoreño, guatemalteco y hondureño habían puesto en marcha para terminar con los pandilleros, lo que resultó en un total fracaso y en la reconversión de las estrategias del crimen organizado en la región. Algunos vecinos dicen que fueron los narcotraficantes locales que se llevaron a esos mareros, ya sea para emplearlos como mercenarios o para matarlos. En 2003, algunos periodistas mexicanos decían que los mareros eran los “soldados del narcotráfico[1]” para los carteles guatemaltecos y mexicanos. Otros vecinos dicen que fue la Policía Federal mexicana y el ejército mexicano que se los llevaron sin saber el paradero de estos. Tampoco es de esperarse que la frontera entre Guatemala y México sea un lugar de pocas tensiones, ya que es el lugar de paso obligatorio de las drogas trasegadas desde varios países de América del Sur.

México es también el corredor de paso obligatorio para decenas de miles de migrantes centroamericanos y sudamericanos que van hacia los Estados-Unidos, cada año. Una buena parte de los migrantes centroamericanos huyen de la violencia y de las faltas de oportunidades económicas en sus países de origen. Un racismo inédito y prácticas de violencia contra estos migrantes se han convertido en una dura realidad para todo centroamericano que ande por tierras mexicanas, que van desde extorsiones y secuestros hasta muertes colectivas, con actores oficiales o grupos paramilitares que las practican. El epítome de estas nuevas prácticas violentas se hizo evidente en 2010, con la masacre de San Fernando, Tamaulipas. Los famosos y sanguinarios Zetas, cartel infantado bajo la sombra del Cartel del Golfo, llevaron a cabo la muerte de 72 migrantes indocumentados luego de que los coyotes (traficantes de personas) se negaran a pagar un impuesto particular a los narcos. Los cuerpos se exhibieron públicamente, como también lo hicieron los mismos Zetas en Petén, Guatemala, el 14 de mayo de 2011, decapitando a 26 de los 27 jornaleros masacrados. Cabe recordar que los Zetas son, en parte, antiguos militares y policías mexicanos, algunos entrenados en la Escuela de las Américas, y últimamente han reclutado a algunos kaibiles guatemaltecos, soldados de élite reconocidos por su sangre fría y prácticas brutales durante el conflicto armado guatemalteco.

 Los mercenarios de la vulnerabilidad

Los Zetas no dudan tampoco en eliminar e incluso difundir las fotos o videos de las ejecuciones de toda persona que se haya pronunciado en contra de ellos, lo que nos hace recordar a la represión de Estado que pudo tener cualquier país centroamericano entre los años 1960s y 1990s. El caso de la periodista de Tamaulipas María del Rosario Fuertes Rubio[2], que a través de Twitter y de sus artículos denunciaba las fechorías de los Zetas y del Cartel del Golfo, fue asesinada el 15 de octubre del 2014. Sus fotos ensangrentadas fueron colgadas en su misma cuenta de Twitter, a modo de advertencia para toda persona que siga denunciando a los narcos de la región. La violencia sigue siendo la opción predilecta para arreglar diferendos y mantener un poder local.

La práctica de desaparición de personas, utilizada con mucha recurrencia durante las épocas de dictaduras en América Latina, vuelve a resurgir en México. El número de fosas clandestinas descubiertas sigue aumentando[3]. Nadie denuncia por miedo a represalias, nadie confía siquiera en denunciar sucesos de esta amplitud a sus autoridades. En la región mesoamericana, es difícil diferenciar a los perpetradores de la violencia ya que una delgada línea separa, en muchas ocasiones, a los actores armados estatales del crimen organizado. Esta impunidad y ese miedo no hacen nada más que legitimar y perpetuar esta violencia, a sabiendas de las autoridades locales, regionales y nacionales.

A una parte del establishment mexicano, intelectuales, autoridades y políticos, le cuesta aceptar lo que sucede en su tierra. Un ejemplo que puede parecer anodino pero que habla mucho per se es el atraso de la salida del libro Los Migrantes que no Importan (Icaria, Barcelona) del periodista salvadoreño Oscar Martínez, en México, pese a ser un libro sobre una parte de la realidad mexicana. Como lo explica el escritor Francisco Goldman[4], este libro editado en 2010 en España y vanagloriado por una buena parte de la crítica y del mundo académico no salió en México hasta dos años después, “quizá porque es un espejo de un México casi demasiado depravado, grotesco y cruel para creerlo”. Ahora con los sucesos de Iguala, las autoridades no pueden vendarse los ojos y tienen que asumir esta realidad que ya no afecta solamente a los migrantes centroamericanos. Prácticas de violencia que para las autoridades mexicanas no eran  de preocuparse ya que los centroamericanos eran “ciudadanos de tercera categoría” y un buen ingreso económico, comienzan a inquietar, finalmente, a los mexicanos y al mundo. La vulnerabilidad de los actores es fundamental para entender el eco y la fuerza de la noticia de los estudiantes normalistas desaparecidos.

Photo: Brett GUNDLOCK

Vulnerabilidad y viabilidad: Butler y su aporte a la situación

La filósofa Judith Butler, en su libro Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence[5] (Verso, Londres, 2004) nos puede proporcionar algunos elementos rápidos para entender la situación mesoamericana: la vulnerabilidad física y la viabilidad de la vida. La vulnerabilidad es una condición común a todos los seres humanos que habitamos en este planeta, pero su distribución a través del mundo es muy desigual. La exposición a la violencia difiere según diferentes contextos socio-políticos, y crea asimetrías a la hora de sufrir de violencias y estar de luto.

Una pregunta interesante levantada por Butler es la siguiente: ¿Qué hacer ante el sufrimiento de la pérdida? Ante la muerte de los 72 migrantes indocumentados en México, individuos cuya vulnerabilidad era mayor que la de los mexicanos, llorarlos no hizo parte de las preocupaciones políticas ni sociales de la región, salvo para sus familiares, algunas ONG y asociaciones. Entonces, ¿por qué  la muerte de los 43 normalistas tuvo más impacto? Regresando a lo que dijo el escritor Francisco Goldman anteriormente, quizá fue difícil para las autoridades mexicanas aceptar que México es una tierra llena de asimetrías de la vulnerabilidad.

Los normalistas eran menos vulnerables que cualquier centroamericano. Además, 43 estudiantes es un número que impacta y el Estado los mandó a matar. Butler nos da a entender que el duelo puede ser una potencial herramienta política. Su análisis se basó en la política de los Estados-Unidos luego del 11 de septiembre de 2001, claro está, y el duelo estadunidense fue una herramienta política que sirvió bastante para legitimar las acciones bélicas estadunidenses en el mundo. En el caso mexicano, este luto es una nueva herramienta política para sus ciudadanos. Evidenciar la vulnerabilidad a la cual están ahora expuestos los mexicanos es el núcleo del descontento contra el actual gobierno del PRI, a una vulnerabilidad de nivel centroamericano. Pero como toda instrumentalización del luto, hay que tener cuidado con posibles derivas y sed de poder escondidos detrás de algunos discursos por parte de los “opositores” del gobierno. Si de exigir verdades y de reformar un sistema político sin aliento se trata, no hay que tener los “ojos más grandes que el estómago” para tramar acciones egoístas y actuar con un mesianismo que a veces da escalofríos.

 Perspectivas

Entre los 5 países más violentos del mundo en 2013 según las Naciones Unidas[6], Centroamérica cuenta con 4 países en esa corta lista (Honduras, Belice, El Salvador y Guatemala). México no se sitúa en esta lista pero no puede escaparse de la realidad regional. México hace parte de la región más violenta del mundo donde sus jóvenes mueren, donde la impunidad reina y donde la migración se vuelve la única opción para escapar del círculo vicioso de la violencia y de la falta de oportunidades. Sigue prevaleciendo el dogma de las políticas públicas en donde la violencia se va a erradicar por medio de más violencia, ocultando los problemas estructurales que corroen a la inmensa mayoría mesoamericana y alimentando la fantasía de limpieza social de los individuos. Además, el desmantelamiento de la función social del Estado y la anti-política de la “sociedad civil” se agregan a este conglomerado de males.

Es necesario tomar políticas que reúnan a las autoridades centroamericanas y mexicanas al mismo tiempo, y no en mesas diferentes con los dirigentes estadunidenses encargados de la lucha contra las drogas. Esperemos que se mejoren las cooperaciones regionales entre México y Centroamérica. La verdad sobre la muerte de los 43 normalistas de Ayotzinapa tiene que salir a relumbre y esperemos que sea el comienzo de una búsqueda de igual amplitud para los otros muertos de la región. Antígonas en la región sobran, ya es tiempo de poder tener un duelo digno.

La región sigue dando vueltas y vueltas en las fauces de Saturno y nosotros nos seguimos preguntando: ¿Cómo vamos a salir de ahí?


 

[1] Artículo del periódico mexicano Contralínea: http://contralinea.com.mx/archivo/2006/marzo/htm/Maras_soldadosDe_Narcos.htm

[2] Noticia de el Periódico: http://www.elperiodico.com/es/noticias/internacional/narcos-mexicanos-asesinan-una-periodista-cuelgan-twitter-3629876

[3] Artículo del diario español El País: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/14/actualidad/1413256684_712341.html

[4] Artículo del diario español El País: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/10/01/babelia/1412180896_225531.html

[5] Libro consutable, en su integralidad y en inglés: https://programaddssrr.files.wordpress.com/2013/05/butler-judith-precarious-life.pdf

[6] Artículo del diario español El País: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/04/11/actualidad/1397225663_628928.html